La distancia de seguridad de las abejas

Hoy he vuelto a salir a pasear a mi perra. He cruzado la calle y las flores, cardos y espigas silvestres están ya tan altas que he tenido que subir un poquito más la calle para poder entrar en la parte del campo donde ella hace sus necesidades. Llevo casi 16 años viviendo en este pequeña localidad del sur de Madrid y en todos estos años había visto a la naturaleza brotar con tanta fuerza y seguridad. Tanto es así, que por primera vez en 16 años he podido escuchar el zumbido de las abejas, sí queridx míx, hay abejas, muchas. Y gracias al silencio que impera en este presente es posible escuchar como viajan tomando el néctar de flor en flor.

 

El martes cuando salía para hacer la compra de la semana, pese a mi migraña y un cielo plomizo que invitaba poco a nada,  no pude por más que quedarme junto a mi coche, quieta y en silencio observando un gran espectáculo: el vuelo y canto gozoso de más de un centenar de aves entre golondrinas, mirlos, los herrerillos que menciona mi querida amiga Ana en su magnífico testimonio de facebook, y muchos de los extrañamente desaparecidos gorriones. Un instante casi onírico. El viento empezando a agitar las espigas,  a su ritmo, todos ellos zigzagueando en vuelo cruzado como si un director de orquesta les estuviera dirigiendo desde lo alto de la colina.

Un instante casi onírico. El viento empezando a agitar las espigas,  a su ritmo, todos ellos zigzagueando en vuelo cruzado como si un director de orquesta les estuviera dirigiendo desde lo alto de la colina.

 

Con la sensación de estar interrumpiendo su festival, me metí en el coche para pasar un rato que nada tenía que ver con la sensación tan placentera que me habían regalado mis nuevos vecinos.  Al entrar por la puerta del supermercado, mi pulso empezó a pegar pequeñas carrerillas dentro del pecho, las gafas se me empañaban por la respiración dentro de lo que será un nuevo complemento de moda en breve, todo al tiempo señores. Comenzaba a sudar y no había hecho más que empezar mi tarea. Entonces ese estrés y el sudor frío de mi frente, se convirtió de nuevo en rabia al comprobar, otro día más, que no hemos entendido de que va esto. Eran las 12 en punto, por megafonía nos pidieron guardar un minuto de silencio por las víctimas del coronavirus. Mi corazón palpitó más fuerte y rápido, el vaho de mis cristales se hizo más evidente. Nadie pudo percibir mis lágrimas al quedar sepultadas tras las lentes. La quietud de los carros se hizo esperar, había algunos con mucha prisa por llegar a ninguna parte me temo. En fin.

Tragué saliva y continué mi compra. Necesitaba salir de allí cuanto antes. Necesitaba escapar de la necedad que desprendían las manos sin guantes y las distancias cortas. Necesitaba volver a la seguridad de mi hogar, al sonido de los pájaros, al respeto por mi distancia social de las abejas. Pero aún tenía que llevar la compra a mis padres, pobres míos, sin fruta aún.

Una rutina que ya forma parte  de mi vida. Dicen que cuando llevas más de 21 días practicando una rutina o un hábito este se convierte en costumbre. Pasear en coche, escuchando la radio, advirtiendo todos los detalles del camino a la vuelta de aprovisionar a mis padres cada semana,  ya se ha convertido en costumbre para mi. Y en este viaje del pasado martes, percibí que el asfalto de una de las arterias más transitadas de Madrid se estaba rompiendo. Líneas verdes brotaban tímidas desde el arcén,  casi paralelas, cual surco de un cultivo.  No hace mucho que han renovado el asfalto de la M-40 Sur. Las intensas lluvias de este mes y medio, la ausencia de contaminación por la falta de coches no ha hecho más que ayudar a que la naturaleza recupere poco a poco su sitio. Le hemos robado tanto, durante tanto tiempo, que ha perdido toda la vergüenza para reclamar con ahínco todo lo que es suyo. ¿Cuánto tiempo tardaremos en arrebatárselo de nuevo? Poco, me temo.

 

Hoy nos hemos enterado que un primo está muy grave en la UCI de un hospital de la capital, uno de los grandes. Por estas cosas que a veces no te imaginas, no lo esperas,  nos ha costado saber de su estado. Teléfonos que se pierden, leyes para proteger la intimidad que, claro está, tampoco tenían previsto una pandemia como esta. El caso es que he puesto a la desesperada un post en mis redes sociales pidiendo algo de ayuda para obtener más información para la familia. Sé que estamos todos muy saturados de contenidos estos días, se hace todo muy cuesta arriba, pero el caso es que se confirma eso de que el silencio es la peor respuesta de todas las posibles a cualquier grito de auxilio, gracias a todos los que habéis alzado la voz aunque solo sea con un contenido compartido. Todo es aprendizaje.

 

El silencio es la peor respuesta de todas las posibles a cualquier grito de auxilio

 

Así somos y así seremos. Nada nos va a hacer cambiar, ni esta pandemia ni ninguna. Cambiará la manera de hacer la cosas, pero no va a cambiar al ser humano en su esencia prefabricada por un consumismo insolente y degenerado,  lo tengo claro, cada vez más claro. Somos capaces de comprarnos en nuestra tienda online de turno modelitos para ir de la cocina al baño, sin pensar en que para que te llegue a casa, hoy por hoy, hay mucha gente que tendrá que poner su vida en riesgo porque nos encontremos guapos en el sofá. Se confirma: quienes tenemos, (y perdonad que me despoje hoy de un poco de humildad)  esa capacidad de ponernos constantemente en la piel del otro y anticipar su dolor antes de tomar una decisión, somos una minoría, y en extinción. Nos hemos creído de verdad que la realidad se cambia con sonreír y repetirnos esas genuinas frases que ahora se llevan tanto y se publican por doquier en todas las redes, que nos hacen repetir como mantras: “lucha por tus sueños”,“visualiza, enfócate y lo conseguirás”, “sonríe y la vida te sonreirá” ¡Ja! Se lo cuentas a los niños de África ahora que el señor Trump ha retirado los fondos de la OMS por su puñetera soberbia y un corazón de hierro. Impresentable, pero ahí lo tienes, presidente de la primera potencia mundial. Eso lo dice todo o dice muy poco de la especie humana. Y no te creas que por ser español no tienes tu propio Donald Trump en la palestra. Los nuestros no pueden quitarle los fondos a la OMS, más quisieran tener esa potestad,  pero también hablan de virus chinos, anticuerpos con la bandera de España, y muertos en fosas, Por favor que no ofendan,  ¡ahora se atreven a mencionar los muertos que hay en fosas! Impresentables por partida doble .

Nos hemos creído de verdad que la realidad se cambia con sonreír y repetirnos esas genuinas frases que ahora se llevan tanto y se publican por doquier en todas las redes, que nos hacen repetir como mantras

Hoy , al atardecer, antes del aplauso de las 8 he salido de nuevo con Nuca. Quería volver a escuchar el zumbido de las abejas, observar el baile entre la margarita silvestre y la amapola, perderme en el vuelo de los gorriones y respetar la distancia de seguridad para con ellos, para que la solidaridad de este coronavirus  les siga devolviendo lo que es suyo por derecho y que nosotros aún no hemos aprendido a respetar, aún no.

una abeja tomando su nectar de un almendro en Parque Coimbra
Imagen de nuestras abejas, foto de Chema Fenoy

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